La otra mañana estuve en La Ceiba haciendo mandados cuando pasé por uno de nuestros lugares favoritos para desayunar — una carreta vieja de madera al lado de la orilla de una calle del centro. Taxis, buses, carros, bicicletas, peatones y perros callejeros pasan por allí mientras algunas señoras preparan baleadas sobre ollas calientes, dando vueltas a las tortillas con sus manos y atendiendo a la gente que pide comida. La carreta no se ve muy sanitaria como para comer de ella, y mucho menos cuando uno considera la contaminación de la ciudad alrededor.

Pero igual, esa carreta es una de nuestros lugares favoritos donde comer.

Aquella mañana mientras me sentaba en una de mas o menos seis o siete sillas plásticas en la acera, comiendo mi desayuno en una canastilla en mi regazo al lado de algunos hombres de negocios, una señora muy de edad, y una joven madre, me puse sorprendentemente asqueada con el ambiente a mi alrededor. Sentirse así no es tan dificil en una cuidad como La Ceiba, como hay basura tirada y todo es sucio y ruidoso. Mis ojos siguieron a un perro callejero hermoso pero desafortunado que tenía una pata quebrada, rengueando mientras buscaba comida hasta que un señor agresivamente lo espantó y el perro se fue corriendo. Me encogí mientras corría. De allí mis ojos encontraron a un mendigo hurgando en un basurero menos que dos metros de asiento. Mi mente se llenó con pensamientos como De verdad no me preferiría comer el desayuno aquí. Gracias, Dios, por darnos un hogar en el campo, por no hacernos vivir en medio de todo este relajo de dolor y pecado.

Y en ese momento mis ojos encontraron a otro señor de la calle muy cerca de mi, éste con un laso en sus manos, hablando tonterías y usando el laso para azotar un carro parqueado, un movimiento lento y suave. Era un señor desagradable de todos puntos de vista, y consideré salir de allí con mi desayuno para buscar otro lugar donde sentarme y comer, lejos de él y su laso. Lo estudié con mis ojos mientras dudaba en mudarme (sabiendo que cualquier otra acera o banco público tendría el mismo ambiente alrededor), y de pronto un pensamiento invadió en mi mente: Ese hombre soy yo. Todos nosotros somos ese hombre delante de Dios en nuestra suciedad, nuestras tonterias, en lo desagradable que somos.

Yo no sé exactamente como llevar el pensamiento mas allá, pero, de hecho, todos somos ese señor de la calle. Ese hombre sucio, loco, su-presenica-arruina-mi-desayuno. Desde el punto de vista de Dios cada uno de nosotros somos igual que aquel, cada uno no alcanzando Su gloria sin importar cuan inteligentes, hábiles, o pulidos somos. Si creo que soy mejor que aquel señor porque me gradué de la universidad y no urino en las calles y sé que azotar un carro con un laso no es algo socialmente aceptable, estoy mas perdida que él. Dios nos ve mucho más claramente que nos vemos a nosotros mismos: ese hombre y yo estamos en el mismo nivel, los dos desesperadamente necesitados de la gracia de Dios, mi pecado ni mejor ni peor que el suyo. Dios decidió enviar a Su hijo para morir por nosotros — por ese señor y por usted y por mi — no porque lo merecemos pero porque El es misericordioso. Y no nos engañemos a creer lo contrario.